Allí estaba, al borde del precipicio, literalmente. Cansada de todo. Cansada de la nada. Agobiada por las mismas preguntas sin respuestas. Cansada de intentar cambiar, de promesas a si misma que nunca cumplí. Finalmente las sonrisas se hicieron esquivas, la esperanza de desvaneció. El llanto y la angustia se convirtieron en fieles compañeros de noches solitarias. Ya no quería más. Quizás, simplemente, alguna gente había nacido para no ser feliz. Pero tenía un último recurso, la última alternativa, ponerle fin al juego. No me quedaba esperanza. Hasta que me di cuenta que no vale la pena seguir sufriendo y evitar ser feliz solo por culpa de una persona. Intento ser feliz.
